Y tras la centuria nos dejó: adiós Mario Bunge

27 febrero 2020
Marito

Por: Alonso Castillo Flores

Hace menos de medio año escribí triunfalista que Mario Bunge con su centenario no nos dejaría: “¡Tenemos Bunge para rato!”. Y lo hizo, pero como los colosos imperios terminan su ciclo vital y las estrellas gigantes dan paso a las supernovas. El epistemólogo argentino abandonó la tierra para convertirse en clásico de la filosofía escrita. Son su obra y praxis teórica las que perdurarán en nuestra América y el mundo entero. No resumiré su filosofía -material de eso sobra- ni haré elogios ciegos, diré cosas quizás un poco incómodas con espíritu de disenso, pero con el mejor ánimo de despedir al maestro.

Bunge nos ha dado cinco importantes lecciones. Todo filósofo bien podría aprender de ellas. La primera es la voluntad de potencia, que -pese a que nuestro autor podría impugnar esta categoría por su origen nietzscheano- fue el leitmotiv de su obra. Bunge escribió a caudales, hizo lo que se propuso, nos enseña que cuando se quiere realmente y se tiene infinita voluntad y tesón -y talento en su caso- se puede escribir toda una “filosofía para el nuevo milenio”, una “filosofa científica”, y curarla de su “enfermedad mortal”. Se puede erigir una obra monumental sin ser calcada de ultramar.

La segunda: el maestro supo que en América se podía hacer filosofía de alta calidad. Apropiarse de la herencia extranjera y elaborar, a nuestro gusto una filosofía anglosajona-austríaca libre de subjetivismo, legando a la vez el logicismo y la pedantería de quien separa la filosofía seria de la mera producción literaria en masa. Fue cientificista, a su pesar, sí; pero enriqueció esta filosofía con vivaz realismo ochocentista a la vieja usanza iluminista, contra las pretensiones “anti-metafísicas” de los positivistas puros.

La tercera lección de Bunge fue combinar contrarios para dar a luz una nueva síntesis. Don Mario se apropió, al estilo de Otto Neurath, de todo cuanto de científico encontró en Marx y Engels, y arrojó al tacho lo que no le gustó. Y, pese a sus embates contra el materialismo marxista, supo sacarle el jugo a la dialéctica que tanto le repugnó. No solo hizo suyos el objetivismo y el ontologismo de los filósofos de oriente, sino el sistemismo estructural, el determinismo casual y el dinamismo cósmico de los declamadores del Diamat.

El científico filósofo enseñó con actitud aristotélica también a desmitificar a los maestros, a no fetichizar a los grandes pensadores del pasado y el presente. Siguió la senda de Bertrand Russell, Karl Popper y el círculo de Viena, pero nunca fue mero epígono, sino alumno hereje y osado crítico de los iniciadores del análisis lógico. Ni siquiera los físicos se salvaban de semejante examen racionalista. El debate sobre la mecánica cuántica entre Niels Bohr y Albert Einstein no lo ganó ninguno de los dos, no lo ganó nadie, todos le aportaron pero se equivocaron todos.

Bunge enseñó también, por último, a ser pasional: no se puede reflexionar solamente con el mazo judicial de la razón, sino también “a martillazos”, con el corazón caliente, imbuido de voluntarismo puro y aires dionisíacos. Odiaba a Nietzsche, todos lo sabemos, y a Heidegger -su enemigo a muerte-, a Hegel, a Freud y a los continentales, caídos -según él- todos ellos en el saco roto del “posmodernismo”. En fin, Bunge combatió contra la mistificación europea y la decadencia de la filosofía en Francia y Alemania, sin importarle su propia ascendencia tudesca. Pero lo hizo con ánimo beligerante, sin piedad ni mesura. Los negó, los repudió, pero con su praxis polémica dio testimonio de vida de la filosofía vitalista que tanto aborreció. En sus Memorias dijo: “Intenté cumplir la norma básica de mi ética: disfruté de la vida e intenté ayudar a vivir”.

El maestro se ha sumado a quienes ya dejaron este mundo legando enormes lecciones, cerrando un capítulo de la filosofía hispanohablante de acento europeo. Con Eugenio Trías, David Sobrevilla, Gustavo Bueno, Jesús Mosterín, José Lora Cam, Francisco Miro Quesada, tan disímiles entre ellos, se despide Mario Bunge. No solo se puede hacer filosofía magna con vocablos helenos y nazis. Al lado lado de Hiedegger titán está el mediocre Rosenberg. Y este duelo nos hace recordar que se puede y se debe filosofar desde América Latina. ¡Auf Wiedersehen Herr Meister, Mario Bunge!

Nota: El texto apareció inicialmente en Disenso: Crítica y Reflexión Latinoamericana

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