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Reseña de la nueva novela de José Carlos Yrigoyen. «Realmente, mejor el fuego»

26 julio 2020
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[En la foto, de izquierda a derecha: Mayte Mujica, una de las primeras reseñadoras del libro, Jerónimo Pimentel, su esposo y director de Random House (la casa editora), una persona que no conozco y el autor de la novela, José Carlos Yrigoyen].

Por Giancarla Di Laura

El 2015 editorial Planeta publicó “Pequeña novela con cenizas”, la primera obra narrativa de José Carlos Yrigoyen (Lima, 1976). Al año siguiente, Random House editó su segunda novela, “Orgullosamente solos”, y ahora este mismo sello lanza su tercera novela, “Mejor el fuego”, dedicada a la esposa del autor, Greta, así como a dos amigas suyas, las autoras María José Caro y Mayte Mujica (esta última esposa del director de la editorial), quienes no se demoraron en publicar elogiosos comentarios sobre el libro, utilizando criterios y vocablos como “belleza” para resaltarla. “Dolorosa y bella”, dice Caro; “la única belleza posible proviene de la palabra”, expresa Mujica.

“Mejor el fuego” es la historia de un estudiante de Derecho de la Universidad San Martín de Porres, espacio que ya ha sido abordado con anterioridad por Sylvia Miranda en “Memorias de Manú” (1997, Premio BCR de Novela). Si Miranda retrataba un Perú de mediados de los ochenta e inicios de los noventa con personajes como Manú desde el activismo estudiantil y la militancia política en la Izquierda Unida, Yrigoyen se concentra en el Perú de las dos reelecciones fujimoristas, con apenas una involuntaria y moralmente obligada asistencia a una marcha contra la dictadura en el 2000.

Dividida en diez capítulos de entre tres y quince páginas de extensión, “Mejor el fuego” es un relato relativamente breve contado desde la memoria personal, lo que se explica claramente: “El recuento de los hechos públicos ya los sabemos con detalle, por lo que este capítulo aborda otras cuestiones y sucesos”. El narrador-protagonista, ya mayor, disemina así sus recuerdos a modo de “un montón de esquirlas”, según los llama. Esta memoria va entre la primaria ochentera y el año 2000, desde una exploración exclusivamente individual relacionada con su orientación homosexual. “¿Pero qué historia? ¿Y quién era yo en ella, entonces? ¿Y cuál era la mía?”, se pregunta el narrador a mitad de su relato. “Comprendí que ya no habría ninguna historia dentro de nuestra historia. De ahora en adelante me reconfortaba con tu sonrisa, un ramo de flores audaces”, concluye al terminar la novela dirigiéndose a su pareja Samuel. Cabe resaltar que este “parejo” es un judío practicante, mientras que el narrador es un enterado lector de libros sobre Hitler. Interesante y sintomática dupla gay dentro de una generación donde los horizontes políticos ya no funcionan como catalizadores de la trama, desdeñando lo que ha sido tradición en la mejor narrativa peruana. El trasfondo ideológico neoliberal transpira entre las líneas.

El narrador, hijo único y solitario, ha crecido sin amigos en una casa familiar ubicada en una zona distante de la ciudad (La Molina). En tercero de primaria, durante el recreo, dos compañeritos le dan latigazos hasta hacerlo sangrar. La directora pide a sus padres que lo cambien de colegio, a lo que acceden. A los catorce conoce a Gino, chico que atiende en una disquera, quien lo viola. A los veinte, el narrador mantiene relaciones con diferentes muchachos, con los que “liga” a través de salas de chat como Latinmail. A los veintitrés, sus padres se separan (la madre engaña al padre con un vecino de auto rojo) y la casa es vendida. Es por entonces que en la marcha a la que asiste el narrador conoce a Samuel, estudiante de Historia en la Universidad Católica, a cuya casa parental se va a vivir. Con ellos comparte el Janucá, la fiesta judía de las Luminarias. Se dedican a tomar y fumar, y aburridos deciden salir en auto de Lima, hacia Ica y Arequipa, en lejana reminiscencia del famoso cuento “Con Jimmy, en Paracas”, de Alfredo Bryce, pero sin su economía ni brillo de lenguaje.

Antes, en abril de 1995, cuando el narrador ingresa a la universidad, conoce a Javier Urrutia Arancibia, “un tipo que estaba a punto de llegar a los cuarenta”, de madre chilena y cuyo padre “nació en una familia de terratenientes que lo perdieron todo con la Reforma Agraria”. Con él se acuesta y acaba peleándose. Y luego, en el verano de 1998, conoce a María Paz Melero, “entre las chicas más bonitas de la facultad”, en cuya casa en el malecón Paul Harris de Barranco conoce a su hermano menor David, estudiante de quince años: “Le sostuve la mirada mientras sacudía su mano y pensaba que era muy guapo y que ese uniforme escolar le quedaba increíblemente bien”, proclama. Al poco tiempo, la madre lo confronta y lo acusa de violación y de corromper a un menor de edad. En otras palabras, el narrador se convierte en pedófilo.

Estas memorias personales, concentradas en su identidad sexual, me hicieron recordar un comentario antiguo de Mirko Lauer sobre “No se lo digas a nadie” (frase que aparece en boca de un personaje de Yrigoyen), la famosa novela de temática gay de Jaime Bayly: “La prosa me parece más escabrosa que el contenido”. Recordé esta opinión ahora que leía “Mejor el fuego” y tengo que decir que en este caso prosa y contenido resultan ser igual de escabrosas, porque lamentablemente apenas llegan a encender algún interés por su discurso básico, de coloquialismo demasiado obvio, entre el mercado e inmediatas librerías, absolutamente referencial, anecdótico y chismero, con un anecdotario que a estas alturas a nadie escandaliza, al menos literariamente. Bayly siquiera aportaba cinismo y vivacidad a sus escenas. No resulta un azar que Yrigoyen decida comenzar su novela de esta forma: “Días que no se deciden entre el calor y el frío. Iguales a mí”. Y es ese yo narrativo cuarentón y poco carismático el que repasa su vida, castigando al lector a lo largo de las ciento sesenta páginas de la novela. (Debo confesar que solo la terminé a fin de escribir esta reseña).

En esa narración los eventos van y vienen. Y conforme leemos, vemos primero sus acercamientos adolescentes que nos permiten vislumbrar la ciudad de Lima en los encuentros furtivos que mantiene con distintos jóvenes. Sin embargo, el paisaje urbano es de tan escaso espesor como la llaneza verbal con que lo presenta. Aquí algunos ejemplos: “casas chatas y disímiles”, “basura acumulada en las esquinas de las vías principales”, “construcciones incompletas y arbitrarias”, “pasillos alfombrados de rojo, puertas de falsa caoba”, “desayunamos jamón, tocino, huevos, pan francés, un café muy negro y jugo de piña: doce soles la porción”, “balcones, cafés con las sillas y mesas ocupando la vereda, taxis y transeúntes entremezclados” (esta última es una descripción del centro de Arequipa) y demás generalidades sin calor ni frío ni humedad ni garúa ni nevada ni mayor inventiva. En pocas palabras, un estilo repetidamente simple dentro de lo que alguien ha llamado “querer ser honesto”.

Y así las experiencias homosexuales de este narrador se suceden una tras otra, sin variación de tonalidad ni tensión dramática. Porque, aunque estén nominalmente sobre fuego (por el título, digo) aquí en verdad no hay fuego, sino una página tras otra y otra más, quizá reclamándolo, literalmente.

Muy lejos este libro de los versos de Luis Cernuda de los que toma el título: “Su vida ya puede excusarse,/ porque ha muerto del todo;/ su trabajo ahora cuenta,/ domesticado para el mundo de ellos,/ como otro objeto vano,/ otro ornamento inútil;/ y tú cobarde, mudo/ te despediste ahí, como el que asiente,/ más allá de la muerte, a la injusticia.// Mejor la destrucción, el fuego”.

No dudamos que los actuales editores de Random House seguirán publicando las historias de José Carlos Yrigoyen, ya que algún público tendrán por su facilismo y su “mudez” literaria, para parafrasear a Cernuda. Y es que los churros embolsados siempre tendrán su demanda.

Calificación: 1.5
Relación con el autor: NINGUNA

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