HORARIOS / PROGRAMAS
Contáctanos: [email protected]

Relato inevitable

21 abril 2020
DSC_8691

Por: Gregorio Pineda

Tarde o temprano tendrás un momento inevitable y por ende tu propio relato inevitable. He aquí uno.

Había sonado el teléfono tres veces y antes que la máquina contestadora del mismo invitara a dejar mensaje, me abalancé sobre él y con el aturdimiento propio del recién levantado o levantado a deshoras, contesté un lacónico: -Aló.

– Hola. Espero estés bien. Te llamo para decirte que tu mamá recién ha muerto. Lo siento mucho. Debes ser fuerte. Pero no te preocupes porque aquí todos nos vamos a hacer cargo de enterrarla. Sólo quería que supieras y te llamaré después del sepelio para informarte. Un abrazo. Adiós.

No hubo dramatismo en el mensaje.

La noticia me fue dada con el disimulo con que usualmente se dicen las noticias graves. Ahora que lo pienso, hubiera sido mejor no contestar.

Sí, habría sido mejor, porque a partir de allí, mis ideas, sentimientos y recuerdos se han venido desbordando. No articulé palabra alguna. Ahora que lo pienso hubiera sido mejor gritar, llorar y lamentarme. No quiero hablar. Solo escribir.

Escribir que antes de contestar el teléfono ya presentía que algo malo había pasado, me haría aparecer aquí como hijo bueno. Sin embargo, no escribiré tal cosa puesto que en la noche anterior ni siquiera había soñado.

Hasta allí llegó mi vida normal, porque desde esta mañana en que me despertaron ya no podré utilizar adecuadamente el vocablo normal. Ahora mismo que lo escribo ya perdió su significado y asumo que es importante porque cuando me dieron el sorpresivo mensaje también me dijeron, después de algunos segundos de silencio, que no me preocupara que todo estaba bajo control y que las cosas estaban ocurriendo normalmente. Esto último no lo entendí.

Hubo varias llamadas durante el día, pero ninguna he contestado. Estoy sin impedimento para contestar, pero sé que al hacerlo me escucharé y realmente ni siquiera quiero escucharme. Es mejor así. Entonces sólo escucho las voces de conocidos que llaman de prisa porque, al advertir que no contesto, suponen que estoy ausente y dejan grabado su mensaje:

-Hola, soy Carlos Martínez y es para decirte que cuentes conmigo en estos momentos.

-Aló, soy María Bustamante y quiero que sepas que estoy contigo, una amiga mía y de tu hermano me llamó para contarme y por eso te llamo, adiós.

-Hola amor, soy yo, acabo de saber lo de tu madre y de corazón te digo que lo siento. Luego te buscaré.

No hubo más mensajes porque la máquina grabadora sólo capta tres mensajes y los demás los rechaza. En fin, es mejor así, cuatro llamadas bastaban para continuar extraño a la dimensión de la situación.

Primero, mi madre muere; luego Carlos dice que cuente con él y pretende olvidar que hace años después de llamarle y decirle que urgía de él, optó por ausentarse, hasta el día de hoy en que me deja ese falso mensaje.

María, por su parte, dice que está conmigo. María es una antigua compañera de Universidad y de todos modos vive en Australia ¿cómo puedo contar con ella si el tiempo y la distancia ya nos tiene descontados?

Pero el colmo de la hipocresía ha sido el último mensaje. Aquí ella me dice: Hola mi amor, categoría que hace mucho mostró desconocer y luego expresa que de corazón lo siente. Y por último “luego te buscaré”; escuchar esto me parece insultante pues fue ella quien un año atrás dejó conscientemente que me perdiera y aun cuando yo daba alarmantes gritos de chiquillo asustado, jamás se ocupó de encontrarme, entonces: ¿Por qué habría de creerle ahora?

Encendí el equipo de sonido y escuché el Ave María de F. Schubert. Creí que era la música adecuada para acompañar este momento. Sabía que este momento era especial y hasta recordé que había pensado estar listo para cuando llegara.

Efectivamente había pensado en la muerte de mamá. Sin embargo, ahora estaba inmerso en un estado de aislamiento catatónico. Escuché completamente dos discos compactos de música clásica y presentía que de un momento a otro lloraría y estuve allí, listo para al menos sollozar, pero no fue así.

Al advertir que no lloraba y que el sueño me había abandonado, entonces decidí tomar un baño y creí que talvez allí lloraría. Me contemplé en el espejo y el rostro me pareció pesado, descuidado y malévolo, quizá un poco estúpido, pero no le di importancia.

Al salir del baño y después de vestirme tomé la decisión de leer algún libro. Sentía que debía hacerlo y recordé aquel libro de Albert Camus en donde la madre del principal personaje había muerto y que él se comporta ajeno a ese hecho durante todo el libro. Con ese libro entre las manos me sentí apenado de tan solo pensar que podría utilizar mi situación real para vivenciar un relato tan bien elaborado pero ficticio.

Pensé: Mi madre realmente ha muerto y no hay manera de literalizar su muerte. Me advertí recriminándome.

Para burlar esta sensación de desamparo, les contaré que desde ocho meses escribo un relato que espero se convierta en libro. El relato reconstruye mi vida, la cual he planificado escribir en veintidós capítulos, veinte de éstos estaban proyectados para escribir sobre la vida de mi madre. Ella es importante en la estructura del relato, debido a que al haber sido yo el menor de sus hijos, logré pasar con ella los primeros doce años. Básicamente el inicio, trama y desenlace de la historia que escribo descansan en esos primeros doce años. Después de allí los años que siguieron han sido sólo epílogos y por eso he destinado dos capítulos para ello. Sé cómo ha comenzado el libro pues ya llevo escritos doce capítulos y con la muerte de mamá, con quien conversaba y recordaba tantos detalles, no sé cómo continuar. No obstante, sé cómo terminará pues el final fue lo primero que concebí. Paradójico, ¿verdad?

Acabo de sentir la necesidad de contarles cómo terminará ese libro, pero pienso que mejor no.  Es probable que el final de ese libro sea el final de este desahogo.

No importa. No importa el final de ese libro ni de esta historia, ni ningún final.

Todos los finales son fatales. Y la fatalidad es pesada.

El peso agobia.  Agobia la fatalidad

¡Rinnng! ¡Rinnng!. El teléfono suena…

¿Contesto?


Grego Pineda, salvadoreño-estadounidense, Magíster en Literatura Hispanoamericana, Abogado y Notario de El Salvador.

También te puede interesar