Opinión | Ciudades inteligentes: ¿Cómo cambiarían nuestra vida? Por Felipe Rincón

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Cada vez escucho a más gente hablar de ‘smart cities’ (ciudades inteligentes) como una posible solución a los problemas sociales que enfrenta una urbe y sus habitantes. Cuando oigo este término, imagino un territorio en el cual se utiliza la tecnología para generar y aprovechar la data. De un lado, para informar decisiones de planeación y políticas públicas, que de esta manera sean más efectivas. De otro, para que los mismos ciudadanos y visitantes racionalicen el uso de los bienes públicos – como vías u hospitales – haciendo que la ciudad sea más competitiva, como una plataforma a la que acuden propios y extraños para vivir, trabajar, entretenerse, curarse, entre otros.

Pero ¿qué es en exactamente una ciudad inteligente? Según la Red Española de Ciudades Inteligentes es “aquella que dispone de un sistema de innovación y trabajo en red para dotar a las ciudades de un modelo de mejora de la eficiencia económica y política, permitiendo el desarrollo social, cultural y urbano”.

Sin duda este es un tema relevante en todo el mundo, pero es interesante notar que la región del mundo que podría tener mayor relevancia este concepto es precisamente en Latinoamérica. A la fecha más del 54% del planeta vive en ciudades, un número que se proyecta que aumentará en 70% al 2050, según la Organización de las Naciones Unidas.

En Latinoamérica ya pasamos hace rato por esa cifra. En la región un 80% de las personas ya vive en ciudades, y en esa línea, somos el continente más urbanizado del planeta. Al mismo tiempo y probablemente como un hecho correlacionado, tenemos un enorme problema contaminación, baja productividad por horas perdidas en la congestión vehicular, falta de acceso a servicios básicos de salud, y en general mala calidad de vida de sus habitantes. En gran parte, esto es resultado de un proceso de planeación urbana que no está aprovechando tanto como podría, el poder de las nuevas tecnologías y de la data. Un plan estructurado para cambiar esa situación permitiría romper el círculo vicioso.

Entonces ¿cuál podría ser un primer paso para una ciudad inteligente?

Tener un sistema de transporte ordenado y conectado. La congestión vehicular tiene un gran impacto económico y ambiental en el mundo. En Río de Janeiro se estima que la congestión cuesta alrededor del 2.5% del PBI, mientras que a las economías asiáticas les genera un gasto estimado de 2% a 5% del PBI anual debido a la pérdida de productividad, ya que los pasajeros están atrapados en sus vehículos durante largas horas. En Perú, por ejemplo, se pierden hasta 7 días al año en la congestión vehicular.

Una de las soluciones es racionalizar el uso de las vías mediante el mayor uso de los medios de transporte masivo y el menor uso del vehículo particular, así como medios alternativos como las bicicletas y el “car pooling”. No obstante, es necesario ofrecer a quienes por muchas razones válidas prefieren ir en la comodidad de su auto particular, una alternativa que sea eficiente, segura y conveniente.

Un desincentivo para bajarse del auto, es la experiencia sub-óptima de los sistemas de transporte público. Uno de los primeros inconvenientes que enfrenta quien se atreve a intentarlo, es el mismo pago del servicio. Normalmente hay que hacer una fila para comprar una tarjeta que sólo sirve para una parte del trayecto.

¿A quién no le gustaría poder usar un medio de pago que ya se encuentra en su celular o cartera para pagar el servicio de transporte, sin colas, sin contaminación y con rapidez a su destino? Si damos una mirada a nuestra realidad, esto que creemos una utopía en Perú, ya sucede en otras partes del mundo.

En Sao Paulo, Río de Janeiro y Curitiba están probando un enfoque donde las personas puedan usar las tarjetas de pago o sus teléfonos como boleto para el tren y/o autobús. En Inglaterra, por ejemplo, los ciudadanos se transportan con un sistema de pagos sin contacto. En Santiago de Chile se han implementado peajes urbanos que se pagan digitalmente y que permiten desincentivar el uso del vehículo particular en horas de especial congestión.

En Nueva Orleans, las autoridades de planeación han detectado zonas de la ciudad en las cuales gran parte de los residentes tienden a realizar compras del mercado diario en lugares relativamente alejados, principalmente por un déficit de oferta más cercana, y con dicha información se han revisado los planes de desarrollo. Una situación como la descrita genera viajes y congestión innecesaria, que pueden reducirse fácilmente resolviendo el problema de déficit en la oferta.

En otras ciudades, el surgimiento de modelos de mensajería personal basadas en apps y entrega de comida a domicilio ha generado una reducción igualmente en el número de viajes en auto particular. No obstante, existe cierta incertidumbre sobre el futuro de tales modelos, por retos en materia laboral y de seguridad ciudadana, entre otros.

Un elemento común a los casos descritos es que el uso de nuevas tecnologías de pago se convierte en una fuerte de información o en un mecanismo para incentivar comportamientos socialmente beneficiosos. Por ello, cada vez más los planificadores urbanos tendrán en dichas tecnologías una herramienta fundamental para realizar ajustes de política y poder adquirir el rótulo de “ciudad inteligente”, cambiando para bien la calidad de vida de su gente.

Cuando los países sufren de diversas crisis, como las económicas y ambientales, las ciudades inteligentes se convierten en una necesidad: brindan un nuevo modelo y oportunidad de negocio, generan energía sustentable y producen indicadores de desempeño que sirven para medir, comparar y mejorar las políticas públicas.

Así los ciudadanos podrían, al fin, circular en una ciudad que responda a sus necesidades, otorgando una mejor calidad de vida y asegurando un futuro prometedor para estas y las próximas generaciones.

Desde hace unos años y con el fin del súper-ciclo de los “commodities”, Latinoamérica ha visto con preocupación la reducción de los niveles de crecimiento. Nos urge como región, identificar líneas de acción en la cual podamos tener una ventaja competitiva que nos permita seguir cerrando la brecha con el mundo desarrollado. El tema de ciudades puede convertirse en nuestra ventaja. Como señalamos, Latinoamérica es por razones de composición demográfica quien más tiene que ganar en el mundo en este frente, y los países que tengan ese frente como prioridad, van a poder lograr esa diferencia estratégica.

Artículo de Felipe Rincón