HORARIOS / PROGRAMAS
Contáctanos: [email protected]

No llegamos al próximo fin de semana

27 marzo 2020
ZSXDBZA33JHUFGOBBX7WUT2K7U

La puerta de mi cuarto suena. Es mi mamá, dice ¡apúrate, vamos! Son las ocho de la mañana y hay que ir al mercado. Ayer, 26 de marzo, el presidente Martín Vizcarra decidió ampliar el aislamiento social obligatorio por 13 días más y la reina del hogar inmediatamente hizo sus cálculos. Sabe que la comida no alcanzará pasado este fin de semana.

La emergencia que intenta frenar el avance del coronavirus en el Perú me confinó a vivir entre las cuatro paredes de mi casa. Hoy tengo sentimientos encontrados al salir: Uno de miedo a ser contagiado y otro de liberación.

Al fin salgo y en las calles reina un silencio inusual, no hay gente afuera y hasta parece que los perros callejeros también cumplen cuarentena.

De lunes a viernes soy estudiante de periodismo y hago mis prácticas en un medio digital. Los fines de semana trabajo en mi pasión: la fotografía, pero ahora no tengo ni cámara, ni libreta en mano, solo un par de guantes y las bolsas de mercado.

Como queriendo romper el hielo por la preocupación de salir, pregunto a mi madre a dónde iremos. Ella responde: «Al Avelino, y apresura el paso». Una vecina del edificio donde vivimos le había dicho que en este centro de abastos los precios no subieron demasiado.

Caminamos un par de cuadras y he logrado conversar. Dialogamos sobre lo que pasará y lo que esperamos no pase. De pronto ella se detiene y me dice mira. Un policía había detenido a un taxista: no tiene salvoconducto y tampoco debería estar laborando.

Logro escuchar que el chofer intenta explicarle que necesita trabajar porque no tiene dinero para seguir dos semanas más en cuarentena. El policía sigue sus órdenes y el taxista a su estómago y el de su familia.

Hemos llegado. El Avelino luce más tranquilo de lo usual. Militares y policías cuidan los ingresos y alrededores. Hay gente caminando apresurada con mascarillas y guantes, algunos negocios están abiertos y otros cerrados: su rubro no está considerado para atender en la emergencia.

La lista de mercado nos obliga a comprar abarrotes y llegamos a un puesto donde hay dos personas más. Mientras esperamos nuestro turno escuchamos a una de las personas quejarse de los precios. En nuestra compra constatamos la queja: hemos pagado dos o tres veces más por cada producto.

Seguimos caminando y llegamos a la sección de carne. Me doy cuenta que no hay mucha res, el pollo subió y el cerdo se mantiene. Mi mamá pide un kilo de muslos de pollo y un poco de tapa para hacer churrascos; ya los imagino en el plato y el hambre apremia.

Es llamativo que todos los trabajadores del mercado usen mascarilla y guantes; sin embargo, reciben el dinero con la misma mano que agarra los productos. Mi madre ha advertido lo mismo y en voz baja me dice que “hay que desinfectar todo llegando a casa”.

Las bolsas están llenas y prueban mi resistencia. Hemos cumplido el objetivo, ya tenemos comida para una semana más de cuarentena.

Mientras cargo las bolsas, algo llama poderosamente mi atención: a pesar que los policías y militares recomiendan a los transeúntes quedarse en casa, hay otras personas echadas en las calles; estas no tienen hogar. Me pregunto qué harán con ellos durante estos días.

Ya casi es mediodía, las horas pasan rápido cuando caminas largos tramos. Llegamos a casa caminando y todo sigue igual de vacío que horas atrás. El taxista y el policía ya no están. Es probable que el conductor haya sido detenido y el policía esté con un nudo en la garganta.

De pronto suena mi celular, bajo las bolsas y reviso: un mensaje de la universidad, empezaré clases virtuales la próxima semana, algo más que hacer durante esta cuarentena. El cansancio parece algo nuevo luego de estar aislado 24 horas en casa.

También te puede interesar