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La Cosa

12 abril 2020
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La cosa

Por: Percy Prado

«Soy Sandra. Han pasado 24 días desde que se desató La Cosa. Hace dos semanas que no veo a ninguna otra persona viva. He dejado mensajes como este en varias cuentas de Facebook a las que he podido entrar. Nunca obtuve respuesta. No puedo saber si alguien realmente sigue con vida o si soy la última. Si me leen, por favor, denme una pista. Yo también tuve miedo y estuve escondida con las puertas y ventanas férreamente cerradas. No soporté la idea de esperar el rescate o la muerte por hambre. Cuando salí por comida, vi que la situación era peor de la que anunciaron. En todo este tiempo, solo me he cruzado con tres personas, todas huyeron de mí por temor al contagio. No sé si sigan con vida. Por eso se me ocurrió dejar estos mensajes. Hago lo mismo en cada computadora o celular que encuentro con batería y desbloqueados. Por favor, estoy segura de que no porto el mal. Solo una reacción me ayudaría a seguir en pie. Estoy pensando abandonar la ciudad, ir a la costa. Una pista, por favor. Me gustaría saber que no estoy sola entre todos estos cadáveres. Seguiré escribiendo en esta cuenta hasta que se acabe la carga del teléfono. Hasta hace tres días aún había zonas de Arequipa en las que se podía encontrar electricidad. El agua dejó de correr por las cañerías hace dos semanas. Las redes aún no caen. No entiendo por qué, pero sospecho que no tardarán en dejarme más sola. Quizá en otras ciudades la energía y el agua sigan fluyendo, por eso iré a la costa. Saldré en dos días. Soy Sandra, tengo 27 años, vivía en la Alameda de Miraflores, escribo esto desde Lambramani, antes era profesora de educación física. Si me leen, por favor, díganme hacia dónde ir. He caminado por toda la ciudad, es horrible imaginar que todos murieron encerrados en sus casas y ver a los pocos que como yo salieron por comida muertos en la calle, con los ojos reventados de gusanos. Es duro tener que romper vidrios o trepar paredes para buscar algo que llevarme a la boca. Ahora estoy bien, tengo para sobrevivir al hambre unos tres días. Este lugar parece una pensión de universitarios. En la única habitación a la que pude entrar hallé una pequeña cocina de dos hornillas conectada a un balón de gas que, por su peso, parece lleno a la mitad. Puedo hervir el agua, podría cocer algunas verduras si las hallara. He ido muchas veces a los mercados, sobre todo al Avelino, donde solía encontrar coles, papitas y zanahorias a medio podrir. Las últimas veces no he hallado nada y lo peor son las manadas de perros que rondan por ahí. ¿Cómo es posible que tan pronto se hayan vuelto tan salvajes? Aunque sí es posible, nosotros nos convertimos en salvajes más rápidamente. Si alguien me lee, por favor. No puedo ser la última. Díganme a dónde ir. No causaré problemas, podemos ayudarnos. Por favor, es muy desoladora esta ciudad y esta red, las mismas noticias de hace un mes. Ya no puedo seguir viendo las fotos de los demás e imaginar que alguno de ustedes está vivo, realmente vivo, que respira y tiene hambre como yo. Además debo cuidar la batería. Seguiré escribiendo en este perfil hasta que se apague el teléfono. Antes, cuando hallaba uno de estos aparatos, me dedicaba a ver horas de horas los perfiles de la gente, por eso los perdía pronto. Ahora, apenas acabo de escribir, lo dejo de usar hasta la mañana siguiente. Aquí hallé algunos libros fotocopiados, son de temas que no entiendo, hidráulica, resistencias, esas cosas; pero había uno diferente, una historia de la que nunca había oído, no tiene título, solo el número 1984, el autor es un británico, le faltan algunas hojas finales, una frase me hizo pensar en que esto que escribo en las redes no es solo una especie de botella al mar o llamado de auxilio, sino que también en el fondo me alienta la esperanza de que alguien me lea en el futuro. No sé por qué, pero siento que si hay futuro, alguien hallará más fácilmente lo que escribo aquí en la red que si lo hiciera en un papel. Quizá solo sobrevivamos virtualmente, los entiendo, afuera es horrible. Por más que intente contarles lo que he visto nunca será igual, nunca será tan duro como afuera, tan espantoso, tan real. Además, tampoco alcanzaré a contar todo, quizá ustedes del futuro o ustedes que están ahora encerrados en sus casas, se quedarán como yo me quedé al leer este 1984 deshojado, es decir, sin saber qué pasó al final. Tal vez lo conjeturen, pero no lo sabrán. Sí, es lo más probable…»

Compartimos con ustedes un relato, cortesía del escritor arequipeño Percy Prado.
Fotografía, cortesía de Luis Apaza.

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