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La Cosa: Una luz

26 abril 2020
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Años antes de que La Cosa exterminara a todos, alguien me pidió que imaginara una ciudad de un millón de cubos de basura repletos, “ahora vuélcalos –dijo–, lo que resulta es la capital”. Hoy se puede decir lo mismo de Arequipa, pero con ataúdes.

Hemos dejado ese pueblo de cadáveres hace mediodía. Ella es más fuerte que yo. Salimos cuando el sol seguía aún escondido detrás de los volcanes. Bajamos por la avenida Independencia y cruzamos por Cuarto Centenario. Al pasar frente al estadio, me asaltó el recuerdo de mi primera carrera con obstáculos y de cuando tropecé con la valla y me herí la pierna. Era la primera vez que veía tanta sangre salir de mí. No lloré. Los que me atendieron dicen que tenía el rostro como si se me hubiera presentado un fantasma. Nadie hubiese comprendido si les confesaba que me maravillaba ver ese borbotón manar brillante e imparable. Esa sangre significaba para mí la comprobación de que tenía algo dentro distinto de mi mundo interior, ese mundo de sentimientos y anhelos construidos con una voz que siempre he creído mía, pero que nunca era igual a la que salía de mi boca. Hubiera querido tocar mi cicatriz en ese momento, pero sentí el peso de la mochila que cargaba y vi a la chica del buzo ir muy adelante, así que apreté el paso.

Desembocamos en la avenida Parra y llegamos al fin a la vía de la Variante de Uchumayo. Para entonces el sol ya nos caía sobre el costado derecho. Ella me llevaba varios metros. Giré para tender una última mirada a la ciudad que habité siempre y que ahora se quedaba sola, sin nadie que la haga existir, repleta de cuerpos en putrefacción. Aun si lo hubiese intentado, no hubiera podido ubicar el lugar de mi refugio. La mole del Misti atrajo mi vista y suspiré al pensar que en esa dirección estaba mi departamento, al que nunca volví.

Cuando atravesamos el antiguo peaje, sentí que ya no había vuelta atrás, que nunca más retornaría. Seguimos caminando por tres o cuatro horas. El sol era vertical y despiadado, pero queríamos salir del serpentín que avanza entre cerros antes de descansar. No esperábamos toparnos con algo que nos obligaría a detenernos. Tras una curva que remataba en una estrecha quebrada, pudimos ver el santuario de la Virgen. No era mucho el esfuerzo de dejar la carretera y cruzar hacia ahí para buscar provisiones, agua o cualquier objeto que nos sirva.

Al llegar a la altura del santuario, ella se detuvo al borde de la quebrada y fijó su mirada en la casa levantada en mitad del cerro del frente. Yo la alcancé y vi hacia el mismo lugar. Como otras veces, ella no iba a abrir la boca y yo tendría que adivinar por sus gestos lo que quería decirme. Sin embargo, no fue necesario. Yo también me quedé asombrada con lo que vi. Nunca he creído en milagros, ni es tiempo para creer en ellos; pero allí, en el lugar exacto donde es adorada la imagen, se veía brillar indecisa, como la flama de una vela, una luz.

 

 


Nota: La Cosa, es un proyecto narrativo seriado. Cada día tendremos una nueva entrega, un nuevo fragmento de la historia que nos comparte Sandra, testigo de una versión del mundo donde, algo ha mermado a la humanidad y las redes sociales son aparentemente, lo único de nuestra cultura que todavía se mantiene en pie.
Si quieres leer las historias anteriores te invitamos a seguir los link.

La Cosa
La Cosa: Clac
La Cosa: Cinta aislante
La Cosa: Batería
La Cosa: El Infierno
La Cosa: La chica del buzo
La Cosa: El refugio
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