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La Cosa: El refugio

20 abril 2020
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Por: Percy Prado

Dejé mi casa diez días después de que empezaran las grandes huidas. Las redes estaban llenas de videos que mostraban cómo las multitudes escapaban de la ciudad sin que los piquetes de soldados y policías pudieran contenerlas. Yo vivía entonces en uno de los bloques de departamentos construidos al borde de las estribaciones del volcán. Caminé por horas sin rumbo fijo, pero siempre volvía a la plaza de armas, como si ese fuera el corazón de la ciudad, el último lugar en dar un latido de vida. Solo hallé muerte. Adonde fuera solo hallaba cadáveres. Cuando anochecía, emprendí la vuelta a casa.

En todo ese día había evitado pasar por el hospital del Seguro Social, pero esta vez caminé hacia ahí. Lloré al ver los cuerpos apilados en el estacionamiento. En ese momento comprendí la inutilidad de volver a casa. Padecí el horror de sentirme la única persona con vida en el mundo. La terrible pesadilla del sobreviviente. Quería estar muerta, pudriéndome como esos cuerpos. Era imposible soportar todo lo que había visto en medio de tanta soledad.

Por eso, la primera vez que vi a la chica del buzo, hace semanas, corrí detrás de ella. Nunca supe si me oyó o me vio. Yo me detuve en medio del puente Bolognesi a ver el río que había crecido y la vi caminando paralela al muro de defensa. Sin mirar atrás, ella cruzó la avenida La Marina como para tomar la subida de Palacio Viejo. Grité con todas mis fuerzas. No pareció oírme. Corrí a ella, pero cuando estuve en la avenida, ella había desaparecido. La busqué todo esa tarde. Durante días confiaba en que me la encontraría en cualquier momento. A la semana, empecé a creer que fue una ilusión. Una fantasía de mi soledad, un invento de mi mente que alentaba una falsa esperanza para que yo continúe en pie.

Y ahora, tras haberme salvado del ataque de la jauría, ella ha venido a mí sin decir nada, ha cruzado mi brazo derecho por detrás de su cuello y me ha tomado de la cintura. Cuando me levantó, las fuerzas de mis piernas retornaron y pisé firmemente para poder caminar por mí misma, pero el golpe que me había asestado en el mentón fue tan duro que volví a experimentar un dolor intenso y un nuevo mareo. Caminamos hacia el coliseo Arequipa, ella había hecho su refugio en ese lugar. Yo me recuperaba del golpe. La noche había caído y apenas podía distinguir claramente las líneas de su rostro. Es algo menor que yo. Más alta y robusta. Volví a escupir un gargajo de sangre y saliva. Pasé el lomo de mi mano derecha por mis ojos, había llorado sin querer, y pude verla claramente. Recién entonces tomé conciencia de lo extraña que era esa situación y tuve miedo. Pensé que se me pasaría si le hablaba, pero fue ella la que abrió la boca primero.

Su rostro se desfiguró en unas muecas incomprensibles. Lo primero que pensé fue que yo aún seguía movida por el golpe. No sé por qué, pero volví a llorar, llorar duro, quizá era la impotencia de al fin haber encontrado a una persona con vida y no poder entenderla. Quizá el miedo absurdo de que algo en mí se había malogrado para siempre y me había dejado inútil para comprender el lenguaje. Ella se calló pronto, pero yo seguí llorando un rato más, por el golpe y porque empecé a temer que no era yo quien había perdido todo rasgo de humanidad, sino que en esa mujer alta y fuerte que me tenía en su guarida no quedaba nada humano, ni el lenguaje ni la razón.

 

 


Fotografía: Sarko Medina
Nota: La Cosa, es un proyecto narrativo seriado. Cada día tendremos una nueva entrega, un nuevo fragmento de la historia que nos comparte Sandra, testigo de una versión del mundo donde, algo ha mermado a la humanidad y las redes sociales son aparentemente, lo único de nuestra cultura que todavía se mantiene en pie.
Si quieres leer las historias anteriores te invitamos a seguir los link.

La Cosa
La Cosa: Clac
La Cosa: Cinta aislante
La Cosa: Batería
La Cosa: El Infierno
La Cosa: La chica del buzo

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