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La Cosa: El fin

28 junio 2020
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Por Percy Prado

A los 17 años era una muchacha que me hablaba a mí misma en tercera persona: «Sandra entrena duro», «Sandra acaba de ingresar a la universidad», «Sandra superará la muerte de su madre». Creo que nunca dejé de comportarme como una narradora omnisciente de mi propia vida. Esta conducta me daba cierta sensación de dominio sobre mi futuro. Cuando mis planes fallaban, solo los veía como las derrotas previas a la gran victoria. Al mismo tiempo, esta costumbre hizo que poco a poco empezara a conformarme con mis fracasos y que jamás pudiera ir más allá de la dulce esperanza del triunfo. No es que renunciara a soñar con él, seguía anhelándolo, pero no me esforzaba para obtenerlo. Me sentía la diosa de mi vida, sabía que alguna vez el triunfo llegaría porque ese era mi destino. No tendría que salir a buscarlo, él arribaría así sin más. Y el futuro llegó de la forma más pavorosa.

Cuando salimos con Virginia de aquel santuario, empecé a creer que la humanidad se repondría de La Cosa, que los pocos sobrevivientes nos juntaríamos para levantar un mundo nuevo, una mejor versión del que se había cargado la peste. El niño que Virginia llevaba a la espalda empezó a simbolizar para nosotras esa esperanza. En el santuario, ella había estado dispuesta a luchar para protegerlo. Había amenazado lanzarnos una piedra de buen tamaño; pero Gloria, la chica del buzo, hizo algo que la tranquilizó. Se dio la vuelta y se puso de rodillas. No hizo más. Se quedó así, arrodillada con la cabeza baja y las manos tomadas en la espalda. Virginia me quedó viendo. Yo le hablé y ella dejó de amenazar con la piedra. Le conté lo que planeábamos con la chica del buzo. Después de mucho dudar, ella aceptó ir con nosotras.

Hicimos juntas el viaje a la costa. Decidimos parar en la repartición del kilómetro 48 para buscar agua. Seguimos la carretera a Mollendo cuando el sol estaba aún alto, pero más piadoso. La sed fue lo más duro de soportar. Pudimos haber seguido, pero al atardecer nos detuvimos para pasar la noche en una de las construcciones levantadas junto a la pista, cerca de la irrigación de San Camilo. Apenas amaneció, Gloria fue a buscar agua y volvió a las dos horas con algunas frutas y las botellas llenas. Reemprendimos la marcha antes de que el sol empezara a ser insoportable. Nos detuvimos en la laguna formada por las filtraciones del regadío a ver algunas aves sobrevolando. Al llegar a la quebrada abandonamos la carretera y tomamos una trocha que cortaba camino. Cuando a lo lejos vimos, al fin, el mar, nuestras fuerzas se renovaron y avanzamos a buen ritmo otra vez por la pista. Llegamos a la población. La chica del buzo encontró agua en una de las primeras casas que revisamos. La comida podía esperar. Queríamos llegar al mar. Virginia parecía la menos entusiasta. Yo fui contagiándome el desánimo. En mi interior había cultivado la esperanza de ver algunos barcos cerca de la costa. O solo uno, quizá, que represente la posibilidad de una salida de esta tierra muerta. Pero ahí solo se veía un inmenso desierto de agua, la más inmensa y desolada pampa líquida.

Los días pasaron lentos. Gloria había podido entrar a varios almacenes de donde sacaba mucha comida. Después de tanto tiempo, el hambre no fue un problema. Pero nunca ningún barco aparecía en lontananza, ninguna nave nos sacaría de aquí. El chiquito de Virginia era el único que no comprendía esta situación. Era el único que podía reír y nos contagiaba su alegría ingenua, limpia de dudas. Así fue poniéndose cada vez más fuerte y lozano. Hasta que Virginia murió luego de tres días de altas fiebres.

Cuando descubrimos que ella tenía los síntomas, la chica del buzo cogió al pequeño y se lo llevó. Yo permanecí al lado de la madre. Hasta su último momento no dejó de preguntar por su hijo. Nunca pensé que me costaría tanto volver a hallarlos. Supuse que fue el miedo al contagio lo que movió a la chica del buzo. Incluso cuando los encontré temió que me le acercara. Lo había cuidado bien. El pequeño estaba sano y ya daba sus primeros pasos. Se habían refugiado en el valle. Gloria había aprendido a cultivar y tenía un jardín donde crecían unos zapallos. Yo he aprendido a entrar en los almacenes. Siempre hallo algo de comer o que nos sirva para la tierra o la casa. Esta noche el cielo está despejado y he visto una  luz cruzar hacia el norte, fue como una pequeña estrella que surcó el cielo nocturno hasta perderse de vista. Por un momento quise creer que se trataba de una estrella fugaz demorándose en desaparecer para que yo piense bien mi deseo. Pero lo más probable es que haya sido un satélite todavía en órbita. Hasta ahí llegó el mundo que pensamos suplir. Hasta aquí llegó Sandra. Ella no cree en milagros ni en deseos y este es su último mensaje.

)fin(

 

Nota: La Cosa, es un proyecto narrativo seriado. Cuenta la historia que nos comparte Sandra, testigo de una versión del mundo donde, algo ha mermado a la humanidad y las redes sociales son aparentemente, lo único de nuestra cultura que todavía se mantiene en pie.
Si quieres leer las historias anteriores te invitamos a seguir los link.

 

La Cosa
La Cosa: Clac
La Cosa: Cinta aislante
La Cosa: Batería
La Cosa: El Infierno
La Cosa: La chica del buzo
La Cosa: El refugio
La Cosa: Redes vivas
La Cosa: Una luz
La Cosa: La caida
La Cosa: Primer encuentro
La Cosa: Burbujas y pavos reales

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