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El corazón se muerde la sangre (III): Antonin Artaud

20 abril 2020
corazonmori

Antonin Artaud (1896-1948) –poeta, dramaturgo, novelista, ensayista, actor y cineasta– colaboró con el grupo surrealista hasta 1927. En el mes de mayo de dicho año, es expulsado públicamente en el folleto Au grand jour de la siguiente manera: “Hoy, hemos vomitado a este canalla. No comprendemos por qué esta carroña tardaría tanto tiempo en convertirse o, como sin duda él diría, en declararse cristiano” (Cit. en Artaud, 2004, p. 235). Inmediatamente, Artaud publica À la grand nuit ou Le bluff surréaliste (1927), en cuyas páginas banaliza la revolución surrealista, así como justifica su ruptura con este grupo. Debido a las repercusiones de una meningitis que sufrió cuando era niño, pasa nueve años en distintos manicomios. Entre ellos, se destaca el de Rodez, en el que el autor sería sometido a un tratamiento de opio y a una serie de terapias de electrochoques que le fracturarían la novena vértebra dorsal. En 1948, “el jardinero del sanatorio lo encuentra muerto, sentado al pie de su cama, probablemente de una sobredosis de hidrato de cloral, una droga de la cual él conocía, aún apenas, los efectos” (Cit. en Artaud, 2004, p. 1769).

L´homme et sa douleur[1] (1947), de Antonin Artaud

Comentario de un gran dibujo hecho en Rodez y entregado al doctor Jacques Latrémolière para agradecerle sus electrochoques.

Las doctrinas hindúes sobre el yoga del aliento son falsas.

Tenemos la espalda llena de vértebras, atravesadas por el clavo del dolor, y que por el movimiento, el esfuerzo de los pesos por levantar, la resistencia al abandono forman, ensamblándose la una sobre la otra, cajas que nos proporcionan mejor información sobre nosotros mismos que todas las investigaciones metafísicas o meta-psíquicas sobre el principio de la vida.

Resistir a causa de su cuerpo tal como es, sin esforzarse en reconocerlo por otra cosa que por su voluntad de resistencia cotidiana contra todos los abandonos ante el esfuerzo por hacer y que la vida cotidianamente viene a pedir, es, en efecto, todo lo que el hombre puede y debe hacer sin autorizarse a cuestionar la trascendencia del aliento o del espíritu, ya que de hecho no existe.

Y el clavo de un dolor dental,
el martillazo de una caída accidental sobre un hueso,
revelan más sobre las tinieblas del inconsciente que todas las búsquedas del yoga.
Es todo lo que he querido expresar con este dibujo donde vemos a un hombre en movimiento y que arrastra tras él su dolor como la vieja fosforescencia dental del quiste de las penas cariadas.
Y su abdomen está muy estrechamente apretado con todos los cólicos de sus clavos.
¿Es que ya no ha sufrido lo bastante?
No, incluso la muerte no podría detenerlo. Y pasará en sus propios pasos de sombra, imágenes de todos los pesos de carne con sus blandos músculos atados.

Fuente primaria:

Artaud, A. (2004). Oeuvres. Paris: Editions Gallimard.

[1] El hombre y su dolor

 


Selección y traducción por Gustavo Mori.

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