HORARIOS / PROGRAMAS
Contáctanos: [email protected]

Desde la tierra de los volcanes. «El Principito»

14 julio 2020
principito

Por: Alonso Lázaro Quispe

Una reseña sobre el autor de «El Principito»

Este año se conmemora el 120 Aniversario del nacimiento de este genial escritor francés, autor de una de las más bellas obras universales: El Principito, traducida a muchos idiomas y que no deja de ser leída por grandes y pequeños.

Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, Francia, 1900) nació en el seno de una familia aristocrática en decadencia, pues sus padres fueron condes. Desde muy niño sentía afición por la aventura, la lectura y el vuelo. Sus juegos como piloto involucraban una bicicleta a la que le acopló alas de tela para intentar despegar del suelo. Incluso quiso presentarse al servicio militar de la fuerza aérea, pero no pudo ser. Tuvieron que pagarle clases de vuelo, al tiempo que se dedicaba a ser mecánico de aviones y conseguir su primer trabajo en el correo aéreo postal. También le era usual y disfrutaba de llevar pasajeros en su avión para mostrarles París desde el cielo.

Pronto fue escribiendo sus memorias las cuáles despertaban el interés de alguna editorial y lograban convertirse en libros, tales como: Vuelo NoctunoTierra de hombres y Piloto de Guerra.

Detrás de su oficio en el correo aéreo postal, sus temerarios viajes por diversos países, sus misiones secretas durante la Segunda Guerra Mundial, lo llevaron en muchas ocasiones a sufrir accidentes y forzosos aterrizajes, como aquel donde casi pierde la vida entre las alucinaciones y la falta de agua en el inclemente desierto del Sahara, sino hubiera sido rescatado por una caravana de Beduinos. Este evento inspiró el escenario donde aparecería El Principito.

Durante los últimos meses previos a su desaparición en 1944 (se cree que su avión, en misión de reconocimiento, fue derribado por un avión alemán sobre el Mar Mediterráneo) trabajaba en acuarelas unos dibujos para un libro que finalmente se publicó en Nueva York, una edición en inglés «The little prince» y otra en francés «Le petit prince», ambas ediciones de 1943. Un libro donde registra su afición por el vuelo, pero también sus interrogantes ante la vida y la muerte, el amor y el desencuentro con los seres que se ama y la comprensión del comportamiento humano.

En torno a este libro cargado de mucho simbolismo y anécdotas personales del autor, todas cubiertas por el fino manto de un principito, es importante destacar un par de curiosidades de las que me he convencido personalmente:

La primera curiosidad descansa en el hecho de que, efectivamente, Antoine aterrizó precipitadamente su avión sobre las dunas del Sahara, tras visualizar una luz verde resplandeciente, que casi lo ciega y que, confiesa, provocó la falla de su motor. Y es en ese paraje desolado donde fácilmente se debió sentir como cualquiera de los personajes imaginados en El principito, que habitaban en su soledad aquellos planetas agazapados entre las estrellas; estrellas que, por cierto, contemplaba durante sus noches de orfandad en el Sahara. Alejado de toda civilización, de todos los seres que amaba; en sus horas críticas de delirio, en su libro Tierra de hombres nos relata varios fragmentos como el siguiente:

…Y en mi cabeza siento repercutir los golpes del Sol. ¡Ah!, a lo lejos…

– ¡Eh! ¡Eh!

– Allí no hay nada, no te alteres es el delirio

Hablo conmigo mismo pues necesito apelar a mi razón. Me resulta tan difícil rechazar lo que veo. Me resulta difícil no echar a correr hacia esa caravana en marcha…¡Ahí, mira!

– Imbécil. Sabes muy bien que eres tú el que la inventas.

– Entonces nada en el mundo es de verdad.

Su charla con esta voz sobrenatural pudo haber sido el imaginario personal que lo llevó a encontrar su alter ego en la novela (un niño interior). Puesto que, si lo vemos de un modo razonable, experimentando la soledad en el desierto, el aviador no puede haber estado conversando más que consigo mismo, mientras reflexionaba el sufrimiento que su muerte ocasionaría a su familia y cómo esta le apodaba cariñosamente de niño: «Rey del Sol», por su cabello rubio.

La segunda curiosidad nos detiene en una parte emotiva del libro El principito. Muchos han oído hablar y han estudiado los argumentos que señalan a su esposa Consuelo Suncín como el personaje de «La rosa». Dentro de los aspectos más obvios y generales tenemos que: El asteroide que habita el Principito tiene tres volcanes, y Antoine desconoce su apariencia puesto que en Francia sólo existen los Alpes; pero tras su boda, conociendo El Salvador, el país de Consuelo, hay en el patio de su casa una estupenda vista hacia el valle de los volcanes, donde se visualiza tres de ellos, precisamente dos activos y uno extinto, sí, igual que en el «Asteroide B612». La alegoría de que la única rosa que cuida el Principito en el asteroide, es mucho más que un cumplido, para los sentimientos transparentes de Saint-Exupéry es la pura verdad, su rosa es incomparable, como pura verdad es la desilusión que siente el Principito al encontrarse con el jardín de rosas en la novela, ya que ninguna de ellas se parecerá a la que ha dejado en su hogar, lo que devela el remordimiento y las inseguridades que Saint-Exupéry siente en su relación amorosa, plagada de infidelidades que Consuelo denunciaría póstumamente en su libro Memorias de la rosa. ¿Y por qué tosía la rosa? es claro para quienes conocieron a Consuelo, que ella sufría de asma, por eso el Principito la cuidaba de los fuertes vientos, cubriéndola con un globo de cristal. ¿Y si la despedida que tuvo el Principito con su rosa fuera un hecho real que Saint -Exupéry rememora desesperadamente? Para quienes han sufrido un conflicto amoroso con un ser entrañable las siguientes confesiones pueden parecer coincidentes:

Así, a pesar de la buena voluntad de su amor, el principito llegó a dudar de ella. Había puesto demasiada atención a palabras sin importancia y se sentía desdichado. 

«No debí haber hecho caso a sus palabras –me confesó un día–. No hay que hacer caso a lo que dicen, basta con mirarlas y aspirar su aroma. Mi flor perfumaba mi planeta y, en ese entonces, no bastó para complacerme… Aquella historia de garras y tigres que tanto me molestó al principio, terminó por enternecerme». 

Y me confío aún más: 

«¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Ella perfumaba e iluminaba mi vida! ¡No debí haber huido! ¡No supe reconocer la ternura tras sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Y… yo era demasiado joven para saber amarla». 


Pero es en el capítulo que casi todo el texto refleja la aflicción que sentía al distanciarse de su esposa:

El principito arrancó con tristeza los últimos brotes de baobabs. Creía no volver jamás. Sus trabajos habituales le parecieron muy agradables. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo de la campana, sintió ganas de llorar. 

–Adiós –le dijo a la flor. Pero ella no respondió. 

–Adiós –repitió el principito. 

La flor tosió aunque no estaba resfriada y al fin dijo: 

–He sido una tonta, perdóname y procura ser feliz. 

Le desconcertó la ausencia de reproches y quedó con el biombo en la mano sin comprender esa tranquila mansedumbre. 

–Sí, yo te quiero –le dijo la flor–. Si no te has dado cuenta la culpa ha sido mía, pero eso ahora no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz… Y deja el biombo. No lo necesito. 

–Pero… el viento… 

–Ya no estoy tan resfriada y el aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor. 

–Y los animales…

–Será necesario soportar la molestia de dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Ellas me visitaran… tú estarás muy lejos. Y en cuanto a las fieras, ya no les temo, tengo mis garras. 

Y mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió: 

–Y no prolongues más tu despedida. Has decidido irte, hazlo de una vez. 

La flor, que era orgullosa, no quería que él la viese llorar.


El principito puede parecer un libro para niños, sí, para todo aquel que tiene el corazón de un niño. Pero es también una declaración de perdón al ser que se ama y que se descubre, finalmente como el único ser en el universo por el que ha valido la pena la distancia y la tristeza.

Sin lugar a dudas, un auténtico clásico de la literatura universal. Y Arequipa, es parte de los esfuerzos por seguir contribuyendo a la inmortalización de esta estupenda obra. La editorial Aletheya lleva tiempo imprimiendo una minúscula y económica edición en español. Ediciones El Lector ha publicado una edición traducida en quechua, a cargo de César Itier. Y la editorial Trilobites, bajo su sello Bird House nos hace entrega de la versión original en idioma francés, tan escasa y difícil de encontrarse en nuestro país.

Tres son los sellos editoriales en esta parte del Perú que, desde la tierra de los volcanes, se han entusiasmado con la historia del rubio niño, el Rey de Sol, que un día pisó nuestro planeta; y otro día desapareció sin dejar restos de su existencia. Resplandece ahora en alguna de esas estrellas, al fin junto a su rosa, y para siempre.

También te puede interesar