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Cinta aislante

14 abril 2020
Pedro Briceño

Salida de Arequipa

Por: Percy Prado

Ha llegado el día. Dejaré esta ciudad de muertos. Iré a la costa. Debí hacerlo cuando la gente salió de Arequipa en grandes grupos hacia todas direcciones. En los videos de las redes me pareció notar que tras el anuncio de que La Cosa sería imparable, la mayoría bajaba por la variante de Uchumayo y que eran menos los que tomaban el camino a Puno o Cusco. Yo también iré a Mollendo. Las últimas noticias –quizá falsas– decían que el ejército y pobladores de Puno se habían atrincherado en las entradas y mataban a todos los que querían ingresar a la región, pero ya vi que las balas ni las bombas detienen a La Cosa. Por eso iré al puerto, tal vez sea una mala decisión, pero pienso que si hay un modo de salir de esta tierra infectada es por barco.

He perdido la esperanza de volver a encontrar a alguien con vida en estas calles. Los cadáveres que regó La Cosa han dejado de apestar o tal vez ya me he acostumbrado al mal olor. Estoy cansada de ver cuerpos muertos, de hallarlos en todos los lugares, ayer cuando regresé a revisar los edificios de Sedapar me topé con el de una anciana de ralos pelos blancos, reseca como una rama, muerta en su habitación con el rosario entre los dedos descarnados. Esa es la imagen de la muerte, la maldita Cosa que infectó a todos y los mató.

No comprendo por qué yo sigo viva. Desde que salí de mi aislamiento, no me importó la mascarilla ni los guantes. Tenía hambre pero sobre todo quería morir por lo que vieron mis ojos, pero esa maldita peste no ha venido por mí. Me ha dejado aquí viéndolos a todos muertos, siendo la última en pie, porque las otras dos mujeres que vi deben ya estar con los pulmones reventados de tanto toser o acabadas por el hambre. Y si alguien se escondía tras la puerta del clac, también debe estar ya muerto. Por eso me voy de aquí.

La tarde de ayer tuve un golpe de suerte. En la habitación de la anciana del rosario hallé una caja de provisiones, era mucho el esfuerzo de traerla hasta aquí, a mi refugio. La escondí debajo de la cama donde la vieja se pudre para siempre, ahí la oculté, aunque no sé para qué, si no hay nadie más en esta ciudad que pueda robársela. He venido, además, a recoger este teléfono y lo poco que me puede servir. La batería ha empezado a marcarse en rojo, será pronto que los deje. Hace poco que acaba de amanecer. Quizá alcance para escribir otro de estos mensajes por la tarde. No creo que este aparato aguante hasta mañana. Ya no hay más desde donde escribirles. Saldré ahora mismo hacia Sedapar, la anciana vivía allí en un cuarto piso. He conseguido una carretita de mercado que me hará fácil llevarme la caja de provisiones. No sé cuánto tardaré en llegar caminando hasta Mollendo. Nunca aprendí a conducir y no será ahora que lo aprenda. No quiero dejar de escribirles, pero debo hacerlo, la batería se va muy rápido, espero que alcance para volver a conectarme por la tarde y de seguro será la última vez que escriba, luego se habrá apagado todo. Por favor, si alguien lee esto, reaccione, puede que esta sea la última oportunidad.

Sé que hay alguien ahí, estoy segura, estoy segura. Me llamo Sandra, estoy sola. He vuelto a conectarme porque estoy frente a la reja del edificio de Sedapar donde murió la anciana, en el piso cuatro. Sé que hay alguien ahí, lo sé. No estoy loca. Ayer dejé una marca en la puerta, sí, estoy segura, até las dos varillas de la reja con cinta aislante y ahora está rota. Sé que hay alguien. No me haga daño, estoy sola. Voy a entrar…

 


Fotografía de Pedro Briceño

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