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Burbujas y pavos reales

8 mayo 2020
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Por Percy Prado:

Cuando era niña, a mi padre le gustaba crear adivinanzas graciosas para mí. A pesar de que no alcanzaba a comprenderlas, yo igual reía con las respuestas porque él reía. Con los años, mi padre y sus chistes perdieron gracia. Durante la secundaria, cuando a veces coincidíamos en el desayuno, él dejaba de leer los anuncios de trabajos del diario y me lanzaba uno de sus acertijos. Yo me llenaba de pan la boca y tomaba a grandes sorbos el té, como para que viera que estaba apurada, pero él soltaba de todos modos su última ocurrencia.

«¿Sabes cuál es el animal que no puede ser fantasma?», me preguntó una de esas mañanas. Yo lo quedé mirando mientras masticaba el último trozo de pan y solo moví los hombros. «El pavo real». Tragué lo que tenía en la boca y me ocupé de los restos del té. «¿Entiendes? El pavo real». Cogí mi mochila del espaldar de la silla y salí apurada. Antes de cerrar la puerta lo oí gritar: «Los fantasmas no son reales».

Mi padre y yo teníamos opiniones muy diferentes. Solo nos parecíamos en que ambos no creíamos en fantasmas ni en milagros y apariciones. Nunca lo oí rezar o invocar a Dios, ni aun en su lecho de muerte. Creo que si él hubiera vivido para ver el exterminio provocado por La Cosa, no habría sido de los convertidos a última hora.

Yo he visto la extinción, los cadáveres regados por doquier. He sufrido el mayor miedo de sentirme la única humana viva en el mundo. Yo que he padecido de hambre y de terror. Yo que he vivido la peor de las pesadillas y sigo con vida. Yo tampoco creo en milagros. Y sin embargo he empezado a tener miedo de esta realidad. No me asusta morir. Lo he pedido muchas noches desbordada en llanto. Me asusta creer que esta vida es manejada desde afuera. Me aterra pensar que alguien ha provocado toda esta muerte, como un crío que hecha agua caliente a un hormiguero. Y que ahora nos va dando a cuentagotas motivos para la esperanza.

Atrás, en mi refugio de Lambramani, dejé el libro deshojado de 1984. No hallé ninguna razón para cargarlo conmigo. Pienso que a su lectura debo esta pavorosa idea de vivir dentro de un pisapapeles de cristal cuya cúpula es el cielo. Y desde afuera un ser caprichoso y cruel maneja los hilos y nos va moteando el camino con razones para creer que hay futuro. Me aterra más porque ahora viajando a la costa con nosotras, con la chica del buzo y conmigo, tenemos a Virginia y a su hijo.

 

 

 


Nota: La Cosa, es un proyecto narrativo seriado. Cada día tendremos una nueva entrega, un nuevo fragmento de la historia que nos comparte Sandra, testigo de una versión del mundo donde, algo ha mermado a la humanidad y las redes sociales son aparentemente, lo único de nuestra cultura que todavía se mantiene en pie.
Fotografía por Gea Stories
Si quieres leer las historias anteriores te invitamos a seguir los link.

La Cosa
La Cosa: Clac
La Cosa: Cinta aislante
La Cosa: Batería
La Cosa: El Infierno
La Cosa: La chica del buzo
La Cosa: El refugio
La Cosa: Redes vivas
La Cosa: Una luz
La Cosa: La caida
La Cosa: Primer encuentro

 

 

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