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AREQUIPA. Sus familiares los dejaron en la calle y ahora viven en una torrentera en Chapi

7 septiembre 2016
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En medio de una torrentera, oculta entre el desierto y los puestos de comida que dan la bienvenida al Santuario de Chapi, en Polobaya, se escribe la triste historia de cinco niños que soportan la extrema pobreza, la indiferencia y la crueldad de una vida que no eligieron.

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La madre de cuatro niños y a su vez abuela de otros dos menores, Martina Holanda Arratea, de aproximadamente cincuenta años, regresó de Mollendo para vivir en la casa que su padre le había prometido, sin embargo, cuando llegó al Santuario se dio con una ingrata sorpresa, el inmueble había sido vendido por sus hermanos.

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Con una numerosa familia de seis personas, la señora Martina no tuvo más opción que improvisar una carpa con telas viejas, plásticos, costales estirados, ramas y troncos secos, instalándose en la mitad de una torrentera donde los puestos de comida botan sus desechos.

El frio de la noche en Chapi desciende hasta los cero grados, en un inicio a la familia Holanda solo le quedaba acurrucarse unos a otros mientras el implacable viento del desierto se llevaba el plástico azul que colocaban como techo.

“Mi familia me traicionó y vendió la casa de mi padre sin avisarme. Me dejaron en la calle y ahora no tengo nada que ofrecerles a mis hijos”, cuenta Doña Martina mientras llora acariciando la cabeza de la pequeña Daniela de tan solo dos años.

Para no dormir sobre la tierra, reciclaron unos colchones viejos y malolientes, allí los siete se echan de costado, está casi prohibido moverse. Han separado dos ambientes con una sábana rota, en uno duermen y en el otro tienen un poco de leña debajo de unos ladrillos que utilizan como cocina. Entre los cinco niños comparten dos juguetes, un pequeño peluche de pitufo y un carro sin llantas.

Doña Martina trabaja doce horas como ayudante de cocina, solo gana para comer, mientras ella labora sus hijos juntan agua en botellas de plástico, antes de salir a pedir limosna. Ninguno va al colegio. Los rostros de los niños están quemados por la extrema radiación de las mañanas, aunque eso poco importa, su única ilusión es tener un pan que compartir en la noche y tener una cama caliente.

Sin embargo, pese a la adversidad un rayo de esperanza se enciende para ellos, pues la Sociedad de Beneficencia Pública de Arequipa (SBPA) les llevó alimentos, ropa de abrigo, almohadas y juguetes, además de ofrecerles alimentación, educación, vivienda y abrigo en el CAR “Chaves de la Rosa” para los niños y el “Hogar de María” para doña Martina y su hija mayor a quienes también se les capacitará y gestionará trabajo.

Según lo manifestado por el Ing. Edgardo Calderón Paredes, Presidente de la SBPA “el objetivo es lograr que esta familia tenga una mejor calidad de vida y puedan salir juntos adelante”, es por ello que un equipo multidisciplinario conformado por una asistenta social, enfermera, abogada, entre otros profesionales, llegaron al lugar para brindarles apoyo.

“Les hemos propuesto llevarlos a Arequipa y solo estamos a la espera de su decisión para poder trasladarlos, asimismo se ha puesto de conocimiento a las autoridades competentes para que se cristalice lo más pronto posible nuestro apoyo, porque los niños no deben pasar un día más en estas condiciones” declaró Calderón Paredes.

Mientras tanto esta familia podrá abrigarse y tener una oportunidad de mejorar su calidad de vida, donde los niños puedan jugar, reír y asistir al colegio, donde el frio de las noches no les carcoma los huesos y tengan que pasar hambre, dejando de ser esas sombras que recorren una torrentera.

Alonso Ramos

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