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Arequipa: Del étimo al topónimo / del topónimo al símbolo

14 agosto 2020
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Por José Gabriel Valdivia Álvarez*

 

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El año 1969, Artemio Peraltilla Díaz, en un opúsculo titulado: La etimología científica del topónimo Arequipa, concluía que el actual nombre: Arequipa, procedía –por bastardeo- de las voces ati/quipa, tal como aparece en uno de los dibujos de Nueva Coronica y Buen Gobierno, del cronista indio, Guamán Poma de Ayala, donde se atribuye la conquista de Hatun Colla Atiquipa al segundo inca, Sinchi Roca.  Esta denominación también figuraba en uno de los primeros catastros de la conquista  española, al referirse a todo el extremo de la costa sur del Perú como Valle de Atiquipa.

El término bastardeado logró imponerse en más de cinco años, entre los primeros conquistadores españoles, antes de fundar la ciudad en 1540. La oficialización del vocablo “Arequipa” -ya españolizado-, ocurrió en 1541, un año después de la fundación de la Villa Hermosa del Valle de Arequipa, cuando el rey Carlos I de Alemania y V de España le otorgó el título de Ciudad de Arequipa.

 

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La discusión planteada por Artemio Peraltilla Díaz se inició el año anterior, contra el historiador Bladimiro Bermejo, autor de un artículo periodístico: Las etimologías de Arequipa, aparecido en el diario El pueblo del 15 de agosto de 1968, donde sostenía que el vocablo Arequipa, procedente de las voces /Ari/ y /qquepay/, debía ser traducido como Sí, quedaos. La fuente bibliográfica que citaba Bermejo para sustentar dicha afirmación era el texto de Ventura Travada y Córdova, El suelo de Arequipa convertido en cielo, escrito a mediados del siglo XVIII (1752) y publicado por primera vez –como folletín- por el diario El deber, en 1923, con el título: Historia general de Arequipa. Posteriormente, se hizo una edición popular, incompleta, en 1958, incluida en la colección del Primer Festival del Libro arequipeño (tomo I), dirigido por el mismo Vladimiro Bermejo. En 1993 apareció en Lima, una edición facsimilar con sus tres partes. Lleva una introducción del historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán y nota del editor, Ignacio Prado Pastor.

 

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Los argumentos etimológicos de Peraltilla contra Bermejo, se basan en los posibles orígenes de las raíces que conforman el españolizado topónimo Arequipa. Sostiene, con diccionarios especializados y opiniones de investigadores reconocidos, que el étimo Ati (Are) es el nombre de la Luna,  deidad de la antigüedad prehispánica, cuyo culto se celebraba –como un carnaval- mojándose con agua. Respecto del otro componente, Quipa (quipa), nos dice que es voz quechua y significa, semilla abandonada que retoña sin cultivo. En consecuencia, infiere que el vocablo Atiquipa designa al lugar donde brota la hierba milagrosamente con escasa agua. Este espacio sería el que ocupan las lomas que se visten de verde, gracias al agua que prodigan las garúas (camanchacas) en invierno, a lo largo de toda la costa sur del Perú. En consecuencia, el origen de Arequipa, sería el antiguo término Atiquipa, que se refería al valle del mismo nombre, mencionado por el cronista Guaman Poma y los catastros primeros de la conquista española.

 

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Y es cierto, hasta hoy, ese lugar existe. Cuando uno se dirige por la carretera Panamericana hacia Lima, casi en los límites con el departamento de Ica, un letrero verde indica al viajero que está pasando por Atiquipa. El historiador Peraltilla tendría razón si es que el espacio ocupado por los primeros conquistadores españoles y por los indios quechuas del Tawantinsuyo, hubiese sido ese valle costeño. No se puede aceptar una toponimia por extensión, cuando el poblado fundado en 1540 y forjado en más de cuatro siglos y medio, ocupa un espacio lejano y distante del atávico escenario prehispánico. Además, los primeros pobladores hispanos de la costa sur del país, se asentaron en el territorio de la actual ciudad de Camaná. De allí, emprendieron un éxodo hacia el sur este, a consecuencia de las epidemias que diezmaban inconteniblemente la población. No se encaminaron hacia la zona de Atiquipa, sino que avanzaron a contracorriente del curso de las aguas  del río, hasta encontrar el paraje adecuado que les sirviera para fundar luego una ciudad, de acuerdo al modelo y lineamientos de la época.

 

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De otro lado, citando el texto del clérigo Travada, comenta que el significado Sí quedaos, dado al topónimo, se debe a un error de escritura, al consignar qquepay (quedar, postergar, atrasar una acción) y no qquepas (también quedaos).  A partir de esta confusión, se ha propagado y consentido un paralogismo arreglado durante cuatro siglos para ocultar el orto del topónimo en Atiquipa. La observación planteada radica en que es are qquepas y no ari qquepay lo escrito por Travada y Córdova en El suelo de Arequipa convertido en cielo. Ambas expresiones –según la leyenda- las pronunció el cuarto inca, Mayta Cápac, como respuesta a preguntas de sus súbditos. De este modo, el significado  -en quechua- de lo dicho por el monarca cusqueño, sería ambiguo. O quiso decir: “Sí, está bien, quedaos”; o “Sí, queden los atrasados”.

 

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Una tercera matriz que consigna Peraltilla en su estudio, premiado el año 1968 por la Municipalidad Provincial de Arequipa, está relacionada con la mención del cronista mestizo, Inca Garcilaso de la Vega, cuando en los Comentarios Reales (Libro III. Cap.9, año 1609) refiere el paso del inca Mayta Cápac por el valle de Arequipa, citando al padre Blas Valera para indicar que Arequipa quiere decir trompeta sonora. Así lo han registrado, tanto Ventura Travada y también –a fines del siglo XIX- María Nieves y Bustamante en la Introducción a su novela, Jorge o el hijo del pueblo. Los componentes de dicho vocablo (aimara) son: Ari, sonora y qquepa, trompeta. Con mayor precisión podría referirse a un clarín o una corneta.

Pero qquepa y qquepay son voces de origen aimara y se diferencian desde un punto de vista morfológico. La primera sería un sustantivo que designa un instrumento musical de viento y el segundo un sustantivo que designa a la persona (trompetero) que tañe el instrumento. Pero ambas, devendrían de iquipan, también voz aimara, cuyo significado está emparentado con pututu o pututo, especie de caracol marino, usado por los habitantes prehispánicos como instrumento de viento para convocar a reuniones importantes o alertar a la población en casos de urgencia comunitaria. (1)  Esta referencia etimológica puede vincularse a otra leyenda muy popular en nuestra ciudad que tiene como personaje al tuturutu(o), palabra ya corrompida que, por deformación fónica o por simple cuestión onomatopéyica, tendría afinidades con la voz aimara pututu(o).

Otros filólogos y especialistas en lenguas vernáculas prehispánicas, vinculan al aimara, tanto ari como qqepa, y  traducen el primer término como: hilo, espina, agudo, cumbre, cono, punta; y al segundo, como: postrimero, ultimo, detrás. Algunos han tomado en cuenta el derivado qqeparini, traducido como: quedarse rezagado, atrás, venir de los postreros. Entonces, Arequipa significaría, detrás de la cumbre, o detrás de la cumbre sonora, desde un mirador posicionado en los Andes y observando el horizonte oceánico del Pacífico Sur.

 

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 El término qqepan sirvió a la visión aimarista del padre Blas Valera, privilegiando en su traducción el vocablo español “trompeta”. Lo más probable es que esta perspectiva idiomática fue influenciada en gran parte por un símil sonoro y no visual, que se fue transformando a través de un proceso metafórico: 1. pututu-trompeta, y luego, 2. pututu-volcán, y finalmente, 3. volcán-trompeta. De este modo, volcán -distinto de cerro, montaña- y sonoro (efecto de la erupción o explosión, harto conocida desde tiempos prehispánicos), podría ser una sugerente interpretación retórica y no un correcta explicación etimológica del topónimo. También puede inferirse que “sonora”, califica un sonido muy fuerte, muy respetable o temible por lo estruendoso o apocalíptico, desde una perspectiva bíblica. A propósito,   se ha  comprobado que los primeros visitantes andinos de este lugar, se desplazaron por la margen izquierda del río de Arequipa y venían procedentes del hoy conocido Valle del Colca o Cabanaconde. En consecuencia, podría entenderse que detrás de la montaña sonora, del volcán que suena fortísimo, del volcán respetable que truena, que vomita, que grita -no del cerro que llora-, quedaba el valle de Arequipa, extendido a sus pies o cobijado bajo sus faldas.

 

 

 

 

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 Otras fuentes orales consultadas para este artículo y entre las que destacan algunos juiciosos hablantes quechuas como el profesor de la ENA Carlos Baca Flor, Julián Quispe Pineda, nos indican que la voz /Atec/ es el término base del cual provienen: /Ati/ y /Atec/. El primero (ATI) es un adverbio de lugar que significa “loma, con mucho pasto,”. El segundo, que puede funcionar como adjetivo o sustantivo, (ATEC), está relacionado con “fuerza física poderosa”. Esta segunda acepción podría vincularse con el volcán, tan temido por los incas y los pueblos del sur andino, puesto que sería visto como “el cerro que puede, el que aplasta con su fuerza física o el poderoso cerro que entierra al hombre”.

De otra parte, la misma fuente nos informa que el término /queppay/, morfológicamente, funciona como sustantivo y también como adverbio. En el primer caso, significa bulto y se entiende  hasta nuestros días como quepi, refiriéndose a algo que se carga en la espalda. En el segundo caso,  alude a lo que se ubica detrás de ti, o detrás tuyo, o como dice el profesor Julián Quispe Pineda, en tu detrasito. O también, se puede presumir que el inca Mayta Capac dijo: ari quepari, que se puede traducir como: retrásate nomás o quédate nomás.

 En consecuencia, Arequipa como topónimo bien podría referirse al espacio que está detrás del poderoso (volcán) que entierra al hombre, visto desde los Andes. O también puede entenderse como el lugar verde que está detrás del bulto poderoso.

 

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Jorge Polar Vargas, en su libro Arequipa: descripción y estudio social, publicado en 1891, nos dice que la traducción de Inca Garcilaso, “trompeta sonora” está hecha de “palabras duras” que no tienen ninguna relación con la tierra, puesto que ésta aconseja dulcemente al corazón, quedarse en ella. El sí quedaos es una expresión que simboliza la belleza del lugar en todo el tiempo, “porque en esto de nombres, es bueno que correspondan a las cosas que se dan”, concluye el escritor arequipeño.

Un año después, 1892, cuatricentenario de la llegada de Colón a las islas del Caribe,  María Nieves y Bustamante en la introducción a Jorge o el hijo del pueblo, vuelve a citar al cronista cusqueño como punto de partida del significado del topónimo. La ilustre escritora suma algunos calificativos que los poetas le han dado, como el de Paloma de los Andes, y agrega lo suyo para este suelo querido, llamándolo místico, guerrero, poético y religioso.

A lo largo del siglo XIX republicano, Arequipa ha sumado a su capital simbólico, según Jorge Polar, “la poderosa corriente de las revoluciones que ha mezclado, sacudiéndolos, caldeándolos, fundiéndolos, los elementos que formaban su población”. Y en un arrebato de mesticidad sostiene que las tres razas enemigas que antes la formaban, españoles, criollos, indios, se han aproximado”. Y como resumen de su pensamiento mestizo afirma que: “Arequipa sale de la tormenta de fuego de las revoluciones, preparada para la democracia”.

 

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Pero a fines del siglo XIX, la República Oligárquica asume la conducción del país, y  esa “trompeta sonora” transformada en “trompeta de fuego” y consagrada en muchas levantiscas y revueltas, se apaga, ensordece, por breve tiempo, hasta la irrupción de sus poetas encabezados por Percy Gibson, quien en su Evangelio democrático de 1916, reclama: ¡Y por qué no te aprestas a la lucha / como tu paladín de alma bizarra! / De tu orgullo Arequipa, di, ¿qué has hecho? Y sigue el gringo con sus versos tronantes, e inflamado de espíritu romántico y egolátrico se declara:

“¡Yo soy un arequipeño del cogollo, / valeroso, nervudo, de meollo / volcánico, fantástico, potente, / y lo mismo que yo es cualquier criollo! / Soy autónomo, altivo, independiente, / mis maestros son el campo y la cumbre: / por eso en mi cerebro hay savia y lumbre”

Esa Arequipa mestiza y democrática, reprimida en el lapso oligárquico que aún buscó representación en la celebración fundacional de los cuatro siglos de historia (1540-1940), emergerá en las protestas contra el dictador Manuel A. Odría en 1950, quien derrocó junto con el aprismo a José Luis Bustamante y Rivero. De estos sucesos surgirá el movimiento político Democracia Cristiana que ha dado a la historia del país figuras representativas que se vincularon con los partidos de Fernando Belaúnde o Luis Bedoya Reyes. Pero lo más trascendente de esta generación para la posteridad, será el legado de la  legitimación definitiva y el reconocimiento cultural de un pueblo mestizo, mezcla de la verde campiña y el urbano sillar o el entrecruzamiento del horizonte cosmopolita y el sentimiento intransferible de lo “local” o regionalista.

 

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 Ante las dificultades de traducción de las lenguas vernáculas, por la corrupción idiomática que han sufrido a lo largo de los siglos, es más accesible el acercamiento a nuestro horizonte histórico hispánico y desentrañar el capital simbólico que ha producido nuestra ciudad a lo largo de su existencia y que le ha servido para realizarse como uno de los centros de producción material y cultural en el ámbito de la vida colonial y republicana de nuestro país.

En este sentido, el topónimo se enciende en los labios de un Inca, a través de una frase contextual, determinada por una situación comunicativa concreta. El súbdito o brujo inquiere al jefe o señor si se puede quedar y este le responde con naturalidad que sí puede quedarse.

Este es el punto de partida para la construcción del futuro imaginario arequipeño. Sí, puedes quedarte. Este es el lugar propicio para que sobrevivas, para que surjas y aquí edifiques tus campiñas, tus casonas, tus templos, tus adoquines. No brota de una característica del espacio natural. Es producto de un estado emocional, de una circunstancia, de un hecho fortuito. Por eso, el origen legendario de su nombre es el adecuado para este pueblo: SÍ, QUEDAOS.

No es un topónimo en el sentido estricto, es un nombre oportuno y mágico, producto de las circunstancias, como tantos otros en el marco global. El significado asimilado con el paso del tiempo connota fresca hospitalidad, solariega templanza, estoica virtud y paciente esfuerzo. De este modo, el sentido de la expresión va a inspirar el sino de fundadores y luego a los habitadores criollos, mestizos y cholololos, en medio de calas ilustrados y loncos chacareros, hasta alcanzar a los migrantes venidos de la altipampa lacustre y el sur oriental andino.

 

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Al margen de las posibles y pertinentes interpretaciones lingüísticas, los elementos que constituyen una identidad respecto de una configuración cultural específica son varios y diversos. En el caso de la pertenencia al espacio-ciudad de Arequipa, considerando la densidad de los procesos migratorios internos y externos, en los últimos cincuenta años,  el capital simbólico se ha modificado y una nueva memoria ha activado la arequipeñidad contemporánea hasta cuestionar la tradicional forma de expresarla y establecer mitificaciones o rituales propios de una dinámica cultural siempre viva y floreciente.

De este modo se puede registrar factores tradicionales y modernos en estos cambios culturales de los nuevos arequipeños. Entre los elementos que han acreditado a los llegados a la ciudad hasta constituirlos como miembros de la misma se puede mencionar: la vivencia de un temblor o terremoto como el del 2001, la participación en una levantisca o rebelión como el denominado Arequipazo del 2001. A estos se suma la religiosidad, mezcla de lo pagano y lo cristiano católico, representado  en una peregrinación al santuario de la Virgen de Chapi. Estos tres factores pueden verse como constantes acreditadores de la ciudadanía identitaria arequipeña de los nuevos tiempos.

Entre los recientes comportamientos culturales populares se puede citar al fútbol: vestir la camiseta rojinegra del equipo “poeta”, reconocerse como hincha y haber celebrado un campeonato nacional, sea el de 1981 o el último del  2015. También se suma en menor grado, el degustar un plato típico en una picantería, refrescarse con un quesohelado, bailar el carnaval, bañarse en la pileta de la plaza de Armas o cantar el himno de Arequipa a las doce de la noche el 14 de agosto.

Aún queda por citar esos ilustres laureles de identidad con la práctica científica de Paulet, Sánchez Trujillo, o la matemática con Garaycochea,  sin soslayar a tus consagrados letrados como Alberto Hidalgo (candidato al Nobel en dos oportunidades), Mario Vargas Llosa (Nobel 2010), o el afamado pincel de Vinatea Reinoso, Luis Palao, Mauro Castillo, o el lente fotográfico de los hermanos Vargas.

Este ser arequipeño no se cierra con formar parte de una ciudad considerada como patrimonio inmaterial de la humanidad sino que pide al visitante el pasaporte de la república independiente o le exhorta a conservar en su billetera un “characato” o un “misti” de oro. Estos y muchos otros elementos se irán sumando al ingente capital simbólico acumulado, hasta exceder la configuración que el topónimo ya ni conjetura pero encarna con el SÍ QUEDAOS.

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En consecuencia, la confusión y dificultades de la pesquisa etimológica pueden ser aliviadas por una interpretación simbólica, entresacada del imaginario levantado en nuestra modernidad cultural. Esta sirve para construir, ayudar, enriquecer y ennoblecer al hombre que decidió fundarla y quedarse para siempre enroscando las nubes de su cielo azul, a pesar de la sonora montaña, sus cenizas, sus nubes de humo negro, sus continuos temblores, sus estremecimientos cotidianos y su contaminación ambiental. SÍ, QUEDAOS, al pie del volcán de Arequipa, muchos años después conocido como Misti. SÍ, QUEDAOS, por todos los costados de las delgadas aguas del río de Arequipa, muchos años después bautizado como Chili. SÍ, QUEDAOS, a cincelar la blancura del sillar y pincelar el verde de la campiña ancestral. SÍ, QUEDAOS, a forjar la patria chica, la república independiente, la ciudad caudillo, el león del sur, “baluarte de la libertad”.

Al recién llegado, Arequipa se muestra como la pionera región del desarrollo sur peruano y sur andino, aunque ya no sea la muy noble y muy leal ciudad letrada de la época colonial, que su centro histórico -reconocido como patrimonio de la humanidad- testimonia, enrostra y recuerda a la postmoderna actualidad mestizada y heterogénea de los inicios del siglo XXI.

Hoy, desde la actividad minero-metalúrgica, el ingenio agroindustrial, la promoción turística, o cualquier otra creativa y productiva actividad, Arequipa confirma el SÍ QUEDAOS que sus poetas inventaron hace más de tres siglos, en contraposición a la trompeta sonora (1) de los cronistas Blas Valera e Inca Garcilaso.

 

 

(1)           En la novela Yawar fiesta, José María Arguedas nos cuenta del toque de pinkullos, tinyas y wakawak’ras, en el poblado quechua de Puquio. Estos últimos eran una especie de cornetas hechas de cuernos de toro que el Taita llamó trompetas de la tierra.

 


* Sobre José Gabriel Valdivia: Poeta, periodista, crítico literario y docente universitario. Premio Nacional de Poesía César Vallejo, 1987. Premio de investigación en el área de Ciencias Sociales, 2001 y 2007, de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.

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