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A María Jesús, mi abuela

10 mayo 2020
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Por Orlando Mazeyra Guillén*

Todos los fines de semana, después de la misa dominical de mediodía en La Merced, íbamos a visitarla. Y yo me ofuscaba corroborando lo mismo de siempre: la abuela ya no veía. Nuestros gestos impregnados de tristeza pronto se convirtieron en un ritual lacrimógeno al momento de rodear su cama y servían para ratificar que algo que no tenía nada que ver con sus ojos no andaba bien… que algo —que todavía no comprendíamos con cabalidad— fallaba… y seguiría fallando.

Yo no sabía si la culpa era de ella, de Dios o simplemente de la vida; pero hacía años que la Mamá María vivía —o, mejor dicho, moría— envuelta en un hatajo de tinieblas. El simple hecho de ponerme en su lugar me producía un pánico atroz que, antes de invitarme al vértigo, provocaba escalofríos por toda mi esmirriada humanidad. Sólo había una forma de reponerse de esa sensación: abrir bien los ojos, someterlos a la luz hasta sentirlos plenos y en perfecto estado, correr hacia la huerta y pensar que el próximo domingo todo iba a ser distinto.

Como para ella los rostros, luz y los colores se habían convertido en un tema ajeno —al que sólo podían asistir sus recuerdos mas no sus ojos—, ya no podía sorprender a mi hermana desapareciendo varios libros de su descuidada biblioteca, o exhumando esa vieja correspondencia mantenida por décadas con su hijo Elisbán (un médico endocrino al que sólo le bastó hacer su vida en Madrid para ser considerado el orgullo familiar).

Quedaron en el olvido las tardes dominicales en que ella me descubría subiendo a hurtadillas al segundo piso del viejo departamento trasero para matar arañas mientras rescataba de cajas polvorientas fotos, prendas, diplomas y cualquier otra antigualla que me llevara a los días en que mi madre era una niña despreocupada.

La abuela ya no veía y por eso Álvaro y yo podíamos robar a discreción todas las ciruelas y papayas que estuvieran al alcance. La huerta nos pertenecía y en cierto sentido nos alegraba que la abuela estuviese ciega porque todos sabemos que cuando llevamos a cabo actividades ligadas con la mala conciencia, quisiéramos que nadie nos viera (o, siendo prácticos, desearíamos que todos fueran ciegos como la Mamá María).

—Dile al Señor que determine de mí —le decía a mi mamá, con una resignación que se apoderaba toda de la pieza—. Y cuando ya no esté, no te olvides de traerle siempre algo al Julio.

Julio era otro de sus hijos (o sea, uno de mis tíos). Se había vuelto loco antes de que yo naciera. Una vez escuché una historia al respecto. Al parecer, en alguna lejana noche veraniega en donde los excesos se apoderan de la carne y de los actos, su amigo Pablo quiso o llegó a abusar de él en algún recodo de El Conto, una de las tantas playas de los alrededores del balneario de Mejía. Mamá me dijo que, cuando su esquizofrenia recién germinaba, él se levantaba en las noches y miraba cosas extrañas, desde alimañas hasta personas, hablaba solo o con los focos de la cocina… algo que había pasado en El Conto lo atormentaba y lo embrutecía. A mí nunca me inspiró temor, todo lo contrario, me agradaba escucharlo hablar de sus supuestas aventuras con la Miss Perú, sus partidos con Garrincha en el estadio de Umacollo, sus charlas con el mismísimo Napoleón —mi tío la había advertido que lo de Waterloo era un error estratégico— o de las exorbitantes cantidades de dinero que tenía que girar a diario a España para que su hermano Elisbán le enviara dos cosas: buscapinas para la Mamá María, y cigarrillos Premier para él (si no eran Premier los tiraba al suelo y los aplastaba como si se tratase de escarabajos).

La Mamá María ya se había acostumbrado a convivir con la locura de uno de sus hijos. Así como también supo soportar la muerte de otro de sus vástagos. «Había sido golpeada por la vida», como solía decir mi padre, y no se equivocaba: ¡Qué mayor golpe que perder el sentido de la vista! Yo, sin dudarlo, prefiero la muerte a la ceguera.  A veces pienso que ella también la prefería pero… no podía morir tranquila porque pensaba mucho en el tío Julio y en su indefensión ante el mundo.

No hizo mal la abuela porque hoy mi tío Julio vive en la absoluta soledad. Una chica le cocina cualquier bodrio y lo adormece con pastillas e inyecciones. Nadie sabe de él, quizá nunca tuvo hermanos (y tampoco dientes)… si me pongo en su lugar pienso que sería genial estar loco… para no ver la realidad o para verla con otros ojos.

Y la abuela nunca más volvió a ver el mundo porque el mundo está mal hecho (o quien lo hizo fue tan humano que, intentando hacerlo, lo hizo mal). Cuando la vi muerta deseé estar ciego, pues en ella pude ver por primera vez a la Muerte (antes sólo había visto al abuelo paterno muerto; pero, para mí, él era ‘otro’ muerto: su desaparición no me afectaba en lo más mínimo, y la muerte seguía siendo otra, foránea e inasible); cuando besé su frente —todavía tibia— comprendí que la muerte nunca es buena: es gélida y oscura, es invierno eterno que entumece músculos y es, también, aura ponzoñosa que aguarda por todos.

—Y pensar que ésta fue casa de grandes parrilladas y de enormes jaranas —comenta mi padre tratando de recordar los buenos fines de semana en casa de la abuela—. Desde que murió la señora María no viene nadie: ya no hay ciruelas ni papayas, ya no hay vida… no hay esperanza.

Mi tío Julio sale de su habitación: hiede y tiene una traza impresentable, parece que lleva varios días sin lavarse ni cambiarse de ropa. La habitación no sólo la utiliza para dormir, ahí también hace sus necesidades y algunas de sus locuras.

«Si la Mamá María te viera», pienso y cierro los ojos: vuelvo adonde vuelvo siempre cuando quiero volver…  y jugando a perderme me pierdo entre la huerta. Las ortigas ya no me hieren (y si me hieren lo hacen mal), ahora puedo alcanzar hasta la ciruela más furtiva y el papayal más erguido. Nada me duele porque nada siento… quizá estoy muerto… o estoy soñando, pero me gusta esta suerte de sediciosa ingravidez que desvanece mis sentidos.

—Vengan mañana —nos dice el tío Julio—. Mi mamá está de viaje. Le acabo de girar un cheque para que se compre sus buscapinas y me traiga cigarros.

—¿Le mandaste mil millones? —pregunta mi papá como para seguirle la corriente.

—¡Estás tú loco! —exclama mientras trata de hacer cuentas—. Eso no alcanza para nada: le he mandado cien mil millones.

«Cien mil millones», pienso, «me hacen falta cien mil millones de años para comprender a la muerte. Le temo como a nada le temeré jamás».

En realidad la amo, sé a lo largo de mi vida la muerte —su presencia— ha sido un estímulo vital. La muerte me seduce, ocultándome sus secretos, me dice: «te estoy esperando» y yo la evito. Quiero conocerla mejor pero sólo hay una forma.

Siempre le pedí a la abuela que me enviara un aviso desde el otro mundo, que me contara qué hay después de la muerte. Nunca lo hizo. Está muerta.

Todo esto se lo cuento a un amigo y él me recomienda a Erick Satie para poder estar con mi abuela. Compro un disco, lo introduzco en el reproductor y cierro los ojos. Me pregunto si acaso el francés había tratado de contar su vida —explicarnos en qué consiste vivir— a través de aquellas piezas llamadas Gymnopédies.

No. Él se estaba preparando para morir. Y lo hizo brillantemente.

*Este relato apareció en el libro Urgente: necesito un retazo de felicidad (Aletheya, 2018).

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